En los últimos años, has incrustado la inteligencia artificial en tus operaciones, en tu atención al cliente y hasta en cómo decides. Puesto que funciona, pocos se han parado a leer la letra pequeña: esa tecnología no la controlas, no la fabricas y, rascando un poco, ni siquiera es europea. Así que la pregunta estratégica de verdad no es cuánta IA usas, sino cuánto de tu negocio depende ya de decisiones que se toman en California, Pekín o Washington.
Recordarás que, hace poco más de un mes, el gobierno de Estados Unidos ordenó a Anthropic que bloqueara el acceso a Claude Fable, su modelo más potente, a todo el que no fuera estadounidense (incluidos sus propios empleados), lo que en la práctica supuso que Anthropic tuviera que retirar el modelo por completo, muy pocos días después de haberlo lanzado. 18 días después, tras reforzar las medidas de seguridad alrededor del modelo, el gobierno estadounidense retiró el bloqueo y Anthropic volvió a publicar Fable.
El sainete tuvo, por supuesto, muchas de las características que ya nos hemos acostumbrado a ver en el actual gobierno de ese país pero, quizá justo por eso, fue suficiente para dejarnos un ejemplo de libro de hasta qué punto una industria en la que cada vez confían más organizaciones depende de la voluntad de unas pocas personas sentadas a muchos, muchos kilómetros de distancia.
Por aquel entonces, andaba yo dándole vueltas a justo esto y no por casualidad: participé en un coloquio a puerta cerrada, con reglas de Chatham House, junto a gente que dirige empresas de inteligencia artificial de primera línea y auténticos expertos del tema (no como yo, que soy un aficionado a su lado).
Entramos en la sala con una pregunta que parecía sencilla: cómo se consigue la soberanía digital. Cómo dejar de depender de la tecnología americana (o china) para tus datos y tu IA. Y salimos con una conclusión incómoda y, para mí, mucho más útil: que la soberanía es, casi siempre, la palabra equivocada.
Te lo enseño con el ejemplo más simple que puede haber. Imagina que decides ser soberano y te pasas a un modelo europeo. Enhorabuena. Ahora, dime: ¿en qué chips corre ese modelo? ¿En qué nube se sirve? ¿Con qué electricidad? Puedes tener acceso soberano al modelo y seguir dependiendo al cien por cien del silicio de una empresa americana, de un centro de datos que no es tuyo y de una red eléctrica al límite. ¿De qué te sirve ser soberano en la punta del iceberg si todo lo que hay debajo sigue siendo ajeno?
La respuesta a esa pregunta no es rendirse. Es cambiar de pregunta. Y, mira por dónde, quien mejor me lo dejó formulado fue Arthur Mensch, cofundador y CEO de Mistral, el laboratorio de IA más grande de Europa (dicho de otro modo, un tipo que se gana la vida vendiendo soberanía europea, fundamentalmente). La semana pasada, le hicieron una larga entrevista en The Economist, que tuve la oportunidad de ver en directo (ahora, se puede ver la grabación, pero detrás de su paywall). En la entrevista lo resumió en cuatro palabras que podrían presidir este artículo entero: “you need to hedge your dependencies”. Necesitas cubrir tus dependencias. No eliminarlas, que no vas a poder, sino gestionarlas.
El problema no es de banderas, es de proveedores
En cuanto tiras del hilo de la soberanía, el ovillo se te deshace en las manos. Quieres el modelo europeo, pero renuncias a capacidades de frontera. Lo quieres soberano, pero corre sobre chips americanos fabricados en Asia. No quieres una nube estadounidense, y sufres para encontrar quien te dé el mismo nivel de servicio. Lo quieres bajo tu control, pero acabas poniendo todos los huevos en un único proveedor. Cada vez que intentas cerrar una dependencia, se te abre otra por el costado o tienes que renunciar a algo. Perseguir la soberanía pura es como perseguir el horizonte: das un paso y se aleja otro tanto.
Y este es el giro que le dio la vuelta a la conversación en aquella sala. Si dejas de mirarlo como un problema de soberanía y lo miras como lo que de verdad es, un problema de cadena de suministro, de repente todo encaja. Ya no se trata de si tu tecnología es lo bastante europea, sino de algo mucho más terrenal y mucho más manejable: ¿qué le pasa a mi negocio si mañana uno de los eslabones de los que dependo falla, sube de precio o me cierra la puerta?
Lo bueno de este cambio de marco es que te devuelve el control. La soberanía es un ideal casi teológico; la resiliencia de tu cadena de suministro es un problema de gestión de toda la vida. Cualquier empresa que fabrique algo lleva décadas lidiando con ello: no te fías de un único proveedor de una pieza crítica, tienes un plan B para cuando un barco se queda cruzado en un canal y paraliza medio mundo, firmas contratos que no te dejen vendido. A nadie se le ocurre llamar “soberanía del tornillo” a tener dos fabricantes de tornillos. Lo llama sentido común.
Conviene, eso sí, trazar una frontera (nunca mejor dicho). Todo esto vale para tu empresa, no para tu país. Un Estado o un “Supraestado” que piensa en soberanía de IA juega a otra cosa: defensa, infraestructuras críticas, la capacidad de plantarle cara a otra potencia. Ese debate es real e importante, pero es otro artículo, otra discusión que no incumbe directamente a la inmensa mayoría de quienes leéis esto. Aquí hablamos de ti, que tomas decisiones en una empresa, que es exactamente donde el reencuadre de “cadena de suministro” es algo que puedes poner en marcha al llegar a la oficina, el lunes por la mañana.
El eslabón clave: el hardware
Volvamos al iceberg, porque debajo hay más de lo que parece. Cuando hablamos de soberanía en IA, casi todo el mundo mira el modelo: qué empresa lo entrena, dónde tiene la sede, con qué datos aprende. Es la punta que asoma. Pero la parte que de verdad sostiene el edificio es física, y ahí Europa (y casi todo el mundo) pinta poco.
Empecemos por el chip. Casi toda la IA que usas corre sobre aceleradores de una sola empresa, Nvidia, que ni siquiera los fabrica: los diseña en California y los manda producir a TSMC, en Taiwán. Baja un peldaño más y la cosa raya en lo absurdo: buena parte del cuarzo ultrapuro con el que se fabrican esos chips sale de dos minas de un pueblo de 2.000 habitantes en Carolina del Norte. Cuando un huracán lo inundó en 2024, la industria mundial de semiconductores contuvo la respiración. Toda la fanfarria de la IA cuelga, muy literalmente, de un hilo de cuarzo.
Y por encima del chip están la electricidad y el hormigón. Entrenar y servir estos modelos consume energía digna de un país entero y exige centros de datos que son obra pública disfrazada de tecnología. Por algo insisto en que esto se ha convertido en industria pesada: quien controla los megavatios y el suelo tiene una llave que el dueño del modelo, por muy europeo que sea, no tiene.
Y aquí aparece la trampa que casi nadie tiene fichada, porque viene disfrazada de buena noticia. La semana pasada, se anunció el LLM Kimi 3, del laboratorio chino Moonshot: entre dos y tres billones de parámetros, el mayor modelo open-weight1 de China y llamado a rivalizar con lo mejor de Anthropic y OpenAI. Open-weight quiere decir que te lo puedes bajar gratis, así que la intuición canta: por fin, un modelo de primera que es mío y no depende de nadie. Pues no tan rápido. Una cosa es tener los pesos y otra, muy distinta, poder ejecutarlos: mover un bicho de ese tamaño (no entrenarlo, ojo, solo usarlo) pide una potencia de cómputo tan escasa y tan cara que, en la práctica, solo unos pocos van a poder aprovecharlo de verdad. El modelo es abierto; el hardware para hacerlo correr, no. La dependencia no ha desaparecido: se ha mudado un piso más abajo, justo a la capa de la que no se habla tanto.
No obstante, insisto en el matiz, porque sostiene todo el artículo: el hardware es el eslabón más visible de la cadena, pero es solo uno. Detrás vienen la nube donde se sirve la inferencia, los datos con los que afinas el sistema y, muy a menudo, el detalle incómodo de que todo eso te lo da un único proveedor. Ser soberano en el modelo y depender de todo lo demás es como tener las llaves de la casa, pero alquilar el suelo, las paredes y el aire.
La soberanía, contada por quien la vende
Aquí es donde entra de nuevo Mensch, de Mistral, porque lo que dijo en esa entrevista es el mejor alegato a favor de la soberanía europea que le he oído a nadie. Y, a la vez y sin querer, su mejor refutación.
El alegato, primero. Mensch defiende que Europa tiene con qué: talento, industria de alta gama (ASML, Airbus) y, sobre todo, energía. Lo resume con una frase que me encanta: la IA va, en el fondo, de “converting electrons into tokens”, de convertir electrones en tokens. Quien tenga electrones y sepa convertirlos, juega. Y su analogía es tan buena que se la robo: la IA hay que pensarla como la electricidad, y nadie acepta un único proveedor eléctrico mundial, entre otras cosas porque no quieres que un día te corten la luz.
De ahí saca el argumento que de verdad debería quitarnos el sueño, y no es de banderas, es de dinero y de paz. Si la IA acaba haciendo, pongamos, el 10 % del trabajo en Europa, hablamos de alrededor de un billón de euros al año. Si ese billón se marcha cada año a Estados Unidos, el desequilibrio comercial se dispara hasta un punto que, en sus palabras, pone en riesgo la razón misma por la que “we live at peace”. No es soberanía por orgullo: es que un mundo con un solo dueño de la IA es un mundo inestable.
Y entonces llega la pregunta del millón: ¿qué es ser soberano, exactamente? Aquí Mensch es más honesto que el discurso habitual. Soberanía, dice, no es que tu IA siga funcionando aunque corten los cables (sin luz, no hay modelo que valga). Es algo más concreto: “what happens if suddenly a foreign government decides to cut off the services”. ¿Puedes seguir operando si alguien, a miles de kilómetros, decide cerrarte el grifo? Para poder responder que sí, Mistral se asegura de que su capa de servicio no caiga bajo ley extranjera, ni estadounidense, ni china, ni de nadie.
Suena redondo. Hasta que le preguntan por los chips. Y ahí, hay que reconocérselo, no se esconde: en el hardware, admite, “we do source from the US, because that’s where things are being built”. Es decir, el mayor abanderado de la soberanía europea es soberano en el servicio y dependiente en el silicio. No es un defecto de Mistral: es que la soberanía total, sencillamente, hoy no existe. Lo que existe, y es lo que llevo toda esta pieza intentando decirte, son dependencias que eliges y gestionas.
Y ahora, ¿qué hago yo con esto un lunes?
Vale: la soberanía total no existe y lo tuyo son dependencias. ¿Y? Pues la buena noticia es que gestionar dependencias no es un problema nuevo: es, con otro nombre, la gestión de proveedores de toda la vida. No necesitas inventar una disciplina, necesitas traer la que ya usas en compras, en logística o en finanzas al terreno de la IA.
El método es aburridamente clásico. Haces la lista de tus dependencias críticas (el modelo, la nube, el hardware, el proveedor único), les pones nota de riesgo y decides dónde te compensa diversificar, dónde negociar y dónde tener, sin más, un plan B. En aquella sala, cuando dejamos de discutir de soberanía y empezamos a discutir de esto, aparecieron dos riesgos que casi nadie tiene en el radar y que, para un directivo, valen su peso en oro.
Riesgo 1: el token baja de precio y tu factura sube igual
Hubo debate sobre si los tokens (las unidades con las que se cobra la IA) van a subir o bajar. Un bando decía que los grandes modelos son como cualquier vicio: te enganchan barato y luego, cuando ya dependes de ellos, aprietan. El otro, que los tokens son un commodity, y los commodities, con competencia, solo bajan.
Y lo interesante es que los dos tienen razón. El precio por token, en efecto, se está desplomando: un modelo con la calidad del viejo GPT-3 pasó de costar 60 dólares por millón de tokens a seis céntimos en tres años. Pero, a la vez, cada tarea consume muchísimos más tokens que antes, porque los modelos ya no contestan de una tacada: razonan, reintentan, encadenan pasos, llaman a herramientas.
Pagas menos por token y muchísimos más tokens, así que la factura acaba subiendo mientras el recibo unitario baja. El titular para ti: no vigiles el precio del token, vigila tu factura total y tu exposición.
Riesgo 2: cuando la inferencia escasea, ¿quién va primero?
El segundo riesgo es más físico y más incómodo. Ahora mismo, los mejores modelos van cortos de cómputo. Se anuncian inversiones mareantes en centros de datos, sí, pero fuera de un puñado de gigantes americanos casi nadie las está igualando. Puede pasar, y en parte ya pasa, que la demanda supere a la oferta. Y cuando la inferencia escasea, el que construyó la infraestructura sirve primero a los suyos.
Mensch lo ve estructural, no un mal momento pasajero: el cuello de botella son los semiconductores, una industria que no acelera deprisa por diseño, y por eso, dice, cada país va a querer quedarse más cómputo en casa para servir antes a su propia industria. Traducido a tu día a día: si has decidido no ir con uno de los grandes directamente, más te vale saber en qué puesto de la cola te sientas, porque el día que haya que repartir, esa cola decide quién trabaja y quién espera. Ya se ven cosas raras por esto: Anthropic llegó a alquilarle un centro de datos entero a la competencia para poder atender a sus clientes.
Dos maneras de recuperar terreno
Hasta aquí, el diagnóstico. Pero esto no va de asustarte, va de que hagas algo. Y hay dos palancas, una táctica y una estratégica, que reducen tu dependencia de verdad.
Palanca 1: gasta tokens hoy para no depender de ellos mañana
La primera es casi de contable. Hoy la gente tira del modelo caro para todo, incluso para cosas que se repiten mil veces igual, y cada una de esas veces se paga. La alternativa: gasta los tokens una sola vez para construir software que luego funcione sin tokens. Los modelos programan de maravilla, y el código que escriben corre gratis, para siempre.
El ejemplo que más me gusta lo tenemos aquí al lado. El equipo de Mercadona Tech usó IA cara y potente para construir su buscador, y el resultado es una pieza que ya no necesita IA cara para funcionar: cabe en cien megas y corre sin tarjetas gráficas caras. Lo conté con más detalle en otro artículo, pero la moraleja es redonda: usas la IA carísima de hoy para fabricar la inteligencia barata y sensata de mañana. Cada vez que conviertes una llamada al modelo en software normal, das un paso fuera de la dependencia.
Palanca 2: pon tu ventaja donde el proveedor no llega
La segunda palanca es más de fondo, y es la que de verdad te hace independiente. El precio de los modelos base se desploma (los modelos chinos de pesos abiertos han acelerado la guerra), así que competir por “tener el mejor modelo” es una carrera cara, ajena y que no vas a ganar. Tu ventaja no está en el modelo; está una capa por encima: en tu forma de operar, en tu know-how y en tus datos, que son lo único que tu competidor no puede descargarse por una API.
Fíjate que esto es, casi palabra por palabra, lo que vende el propio Mensch: una plataforma portable y open source para que puedas, en sus términos, “leverage your IP, leverage your know-how, leverage the knowledge of your employees” y construir algo que mejora con el tiempo y que es tuyo. Si tu foso vive en la capa de negocio, la capa técnica (el modelo, la nube, hasta el chip) pasa a ser de quita y pon: puedes cambiar de proveedor sin drama el día que uno te falle, porque lo que te hace ganar no se ha movido de sitio.
Lo desarrollé hace poco: compra como commodity lo que es commodity y construye solo lo que te diferencia.2
Deja de perseguir la soberanía
Si has llegado hasta aquí, ya intuyes el resumen. “Soberanía” es una palabra bonita que se deshace en cuanto la tocas; “dependencia” es un problema feo, pero que sabes resolver. Cambia una por la otra y el asunto pasa de charla de sobremesa a plan de trabajo.
El plan, en cuatro gestos: mapea tus dependencias como mapearías cualquier cadena de suministro; diversifica y calcula tu sitio en la cola antes de que la inferencia escasee; convierte los tokens de gasto recurrente en inversión, pasando al software normal todo lo que puedas; y, sobre todo, blinda tu ventaja diferencial en la capa de negocio y deja que la técnica sea de quita y pon.
Y una última cosa, medio en broma medio en serio, para quien mire a Europa con el ceño fruncido. El propio Mensch, que se juega el negocio en ello, cree que esto no lo va a ganar nadie de calle: la tecnología se difunde en meses y, en sus palabras, “good ideas are not defendable”. Si ni el mercado se deja monopolizar, tu empresa tampoco tiene por qué vivir atada a un solo proveedor. La soberanía perfecta no la vas a tener nunca; la cabeza para gestionar de quién dependes, esa sí. Y en ese juego, Europa (y tú) tenéis más que decir de lo que parece.
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“Pesos abiertos” (open weights) quiere decir que el fabricante publica las tripas del modelo para que cualquiera lo descargue, lo modifique y lo ejecute en su propia máquina, lo contrario de la caja negra a la que solo llegas por una API. ↩︎
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Por cierto, si resulta que no tienes una forma diferencial de hacer negocios, tu problema no es la soberanía digital, ni la IA. Es otro, mucho más serio y mucho más urgente. ↩︎


